Tópico de Actualidad junio 2009
De CEES
Año L. Junio de 2009. No. 977
Nota de la editora:
Puede considerarse ya este junio del 2009 como el momento indicado para cuestionarse en profundidad el papel de los organismos internacionales ante la crisis económica y financiera que nos envuelve. Steve Hanke, autor del tópico de este mes, es profesor de Economía Aplicada en la Universidad Johns Hopkins y Senior Fellow del Cato Institute. En un estilo magistral, nos hace ver cómo se han desenvuelto los organismos internacionales ante crisis anteriores y cómo, en algunos casos, han acentuado tales crisis, en vez de resolverlas.
El resultado de los pánicos
Por Steve Hanke
El pánico del 2008 ha provocado en las clases políticas una gran hiperactividad. Su estrategia favorita ha sido asustar al público, para que respalde políticas claramente intervencionistas, diseñadas para inflar los presupuestos de los Gobiernos y regular más estrechamente las actividades económicas.
Dichas tácticas se pusieron de manifiesto cuando los líderes mundiales se preparaban para la reunión del Grupo de los 20, el 2 de abril, en Londres. Los países representados en el grupo constituyen dos tercios de la población del mundo y el 90% de su producto nacional bruto.
Después de fracasar al predecir una desaceleración, sin hablar de pánico, el 19 de marzo el Fondo Monetario Internacional, hizo finalmente una tímida advertencia, justo a tiempo para la reunión del G-20. Esta advertencia le permitió al Fondo ampliar sus funciones. Emitido el comunicado del G-20, el desastre y la desesperación fueron mantenidos temporalmente a raya. Las clases políticas acababan de dar en el clavo.
El ganador de la reunión del G-20 fue el FMI. Su director, Dominique Strauss-Kahn –un político socialista francés de larga trayectoria– casi no podía creer la buena suerte de la institución que dirige. En una conferencia de prensa, celebrada el 2 de abril, Strauss-Kahn dijo:
“Tal vez algunos de ustedes estuvieron en la conferencia de prensa del FMI, a fines de la Reunión Anual, el último octubre. Si algunos estuvieron allí, quizá recuerden que entonces dije que el FMI está de vuelta. Hoy tienen la evidencia, si leen el comunicado, de que casi párrafo por párrafo –o digamos que al menos los importantes– de una u otra manera están relacionados con el trabajo del FMI”. Si los miembros del G-20 cumplen sus promesas, los recursos del FMI se aumentarán en más de $750.000 millones (USD).
Para poner eso en perspectiva, considere el lector que, a finales del 2008, todos los créditos y préstamos del FMI eran de tan sólo $27.000 millones. Mientras los políticos se enfrentan con una nueva crisis, los oportunistas se aprovechan del sistema y lo explotan para sus propios fines.
Gran parte del crecimiento del Gobierno de EE.UU. y de otros países ocurre como resultado directo o indirecto de las emergencias nacionales, tales como las guerras o las recesiones económicas. Se emiten leyes, se crean secretarías y se amplían presupuestos. En muchos casos, estos cambios se transforman en permanentes.
Como Robert Higgs confirmó en su importante libro Crisis and Leviathan, publicado en 1987, las crisis sirven para posibilitar la transición del tamaño y el poder del Gobierno hacia un tamaño y un poder más alto. La historia ilustra de muchas maneras sobre cuán dañino puede ser este paso.
Tomemos en cuenta, por ejemplo, la Gran Depresión. En ese momento, los promotores de los intereses agrícolas, habiendo buscado subsidios por décadas, se aprovecharon de la crisis para aprobar un impresionante paquete de rescate, la Ley de Ajuste Agrícola, cuya pretensión era ser “una ley para aliviar la actual emergencia económica nacional”. Setenta y seis años después, los agricultores todavía están succionando dinero del resto de la sociedad y la política agrícola se ha ensanchado para satisfacer a otros grupos de interés, como los conservacionistas, los nutricionistas y los amigos del Tercer Mundo. De hecho, aunque los precios de los productos alcanzaron niveles altos sin precedentes el año pasado, el río de los subsidios agrícolas no deja de fluir.
Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el Gobierno representaba cerca de la mitad del producto nacional bruto, cada grupo de intereses especiales trató virtualmente de obtener una parte del enormemente abultado presupuesto del Gobierno. Hasta las secretarias –aparentemente lejanas del esfuerzo que exigía el conflicto– se empeñaban en defender que habían estado desempeñando un “trabajo esencial para la guerra”, y que, por consiguiente, sus oficinas tenían derecho a un presupuesto más grande y a un personal más numeroso.
Incluso crisis más pequeñas han llevado a los oportunistas a cometer locuras. Regresemos al caso clásico del siempre oportunista FMI. Habiendo sido creado como parte del acuerdo que se tomó en Bretton Woods en 1944, el FMI era principalmente responsable de otorgar créditos a corto plazo y subsidiados a países que tuvieran problemas con su balanza de pagos, según el sistema de tipo de cambio anclado [¿…?] que había en la posguerra.
Sin embargo, en 1971, Richard Nixon, entonces presidente de los EE.UU., cerró la ventana de oro, señalando el colapso del acuerdo de Bretton Woods, y presumiblemente el debilitamiento del propósito original del Fondo. Pero desde entonces el FMI ha utilizado cada supuesta crisis para crecer y multiplicar sus funciones.
Las crisis petroleras de los setenta permitieron que la institución se reinventara. Esos shocks requirieron más que los préstamos del FMI para facilitar los ajustes en la balanza de pagos. Y hubo más préstamos: en el periodo de 1970 a 1980, los préstamos del FMI aumentaron en 123%.
Con la elección de Ronald Reagan, en 1980, parecía que el oportunismo del FMI ante las crisis podría ser controlado. Pero cuando estalló la de la deuda mexicana, se “requirieron” más préstamos del FMI para prevenir en el futuro otras crisis generadas por deudas y fracasos de bancos. Esa situación fue justificada y utilizada por Ronald Reagan, quien personalmente había tratado de convencer a 400, de los 435 miembros del Congreso, para que aprobaran un aumento de la cuota que EE.UU. tenía que pagar al Fondo. Los préstamos del FMI aumentaron nuevamente, creciendo en un 108%, en términos reales, durante la primera administración de Reagan. Con la caída de la Unión Soviética, en 1991, el FMI se reinventó de nuevo. De acuerdo con su propio criterio, era necesario otorgar préstamos temporales “para facilitar la integración de las economías antes centralmente planificadas al sistema mundial de mercado”.
En los noventa se acabó con la crisis financiera asiática (entre otras), sobre la que se hizo un diagnóstico equivocado y empeoró con la medicina aplicada por el FMI. A pesar de eso, la crisis asiática fue incluso otra justificación para obtener más fondos. Durante el periodo 1990 a 1999 los préstamos del FMI aumentaron 99% en términos reales. No sorprende que, cuando se produjeron los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001, el FMI no estaba de brazos cruzados. El 18 del mismo mes, Paul O’Neill, entonces Secretario de la Tesorería de EE.UU., desayunó con Horst Kohler, el director del Fondo en ese momento, y en la reunión dialogaron sobre las necesidades financieras de los aliados miembros de la coalición.
El FMI recibió algo parecido a un estímulo pos-11 de septiembre. Luego experimentó una caída libre, cuando la Reserva Federal (junto con otros bancos centrales) empujó las tasas de interés a niveles tan bajos como nunca antes se habían conocido. El flujo de nuevos créditos a nivel mundial estaba ahogando al FMI, hasta que reventó la burbuja del crédito. El Fondo aprovechó una vez más la oportunidad que se le ofrecía.
El asunto, por supuesto, tiene tantos planos, dimensiones y recovecos que van mucho más allá de los presupuestos públicos. Por ejemplo: el mismo día que el G-20 se reunió en Londres, la Junta de Estándares de Contabilidad de EE.UU. cedió ante la presión ejercida por el Congreso estadounidense y alteró las reglas de contabilidad para los bancos y otras instituciones financieras. En lugar de avaluar activos con los precios que se pueden obtener en el mercado (marcar al precio de mercado), a los bancos se les permitirá utilizar sus propios modelos de avaluación, para ponerle un precio a tales activos. Este cambio en la contabilidad nos recuerda el resultado de otro pánico: el que se produjo en los EE.UU. en 1873. Entonces se suspendió la publicación de los estados de cuenta de los bancos, con la esperanza de que “lo que no se sabe no lo lastimará”. Esperemos que la actual ola de intervencionismo se disipe y empiecen a soplar vientos un poco más racionales.
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