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Tópico de Actualidad noviembre 2011

De CEES

Año 52. Noviembre del 2011. N.o 1,006

Nota del editor:

El autor empieza describiendo el uso, bastante amorfo, del concepto de democracia. Su uso es coloquial y se propone dar a entender que usamos los códigos correctos en la comunicación social. En la segunda parte, sobre la etimología del término, nos lleva a los diversos usos del vocablo: por un lado, unos interesados a relacionarlo con ciertos valores, mientras los usos clásicos del término democracia sugieren lo elusivo que el concepto es para sus usuarios generosos. En la tercera parte, introduce algunas ideas para controlar el desenfreno conceptual, discutiendo la relación entre mayorías y minorías, la idea del Estado de derecho, la tolerancia y la alternabilidad en el poder. Finalmente, termina el autor con una discusión sobre la imperiosa necesidad de recuperar la idea de república frente al émulo de democracia europea, ya que la república encierra todo lo que otros modelos tratan de impulsar en nombre de la democracia. GWM.

Reflexiones sobre lo que se ha dado en llamar "valores de la democracia"

Pedro Trujillo Álvarez 1

Introducción

El término democracia se ha convertido en una palabra casi de uso común en la dialéctica social. Hablamos de ella y con ella sin importar en qué contexto. Incluso se utiliza para hacer referencia a actividades o actuaciones que deseamos sean entendidas como sinónimo de lo correcto, lo legítimo, lo pactado, lo consensuado, etc. Aludimos a la democracia buscando la complacencia del interlocutor que tenemos enfrente y tratando de convencerlo de que actuamos de buena fe. En muchas ocasiones, la utilizamos incluso en contraposición a dictadura, autoritarismo o absolutismo.

Democracia es una palabra que semánticamente tiene un significado reducido, aunque aspiramos a que abarque demasiado, y ciertamente en la práctica se nos ha quedado corta para englobar los deseos políticos-sociales del individuo. Su significado se convierte en multidimensional, porque obedece a quien la pronuncia y su alcance no tiene horizonte definido: su dimensión acaba siendo imprecisa. Cualquiera puede utilizarla para sus propósitos, sin que realmente quede claro a qué desea referirse ni el interlocutor pida explicaciones. Con frecuencia parece ser una suerte de término empalagoso, contagioso y amoldable a necesidades personales, previamente determinadas por el emisor.

La empleamos prácticamente en todos los discursos políticos e incluso es de uso frecuente en el diálogo cotidiano; pero si se le preguntara a un determinado público qué entiende por democracia, seguramente obtendríamos múltiples y diferentes respuestas. La democracia se ha convertido en una especie de sucedáneo; en un placebo utilizado para autoconvencernos de que finalmente encontramos el remedio para todos los problemas sociales que nos agobian, como la desigualdad, la pobreza, la convivencia, la solución de conflictos sociales y otros.

No hay discurso de altura en que no se pronuncie, político en el mundo que no se autocalifique de demócrata —sin importar cómo haga o deshaga las cosas—, ni propuesta que no incluya la democracia como fórmula mágica para legitimar el poder o para solucionar los problemas de naciones cuyos regímenes políticos son seriamente cuestionados. La “diosa” democracia se ha convertido en protagonista de debates, análisis, discusiones, firmas y ratificaciones de acuerdos, convenios y declaraciones, a pesar de que los signatarios son a todas luces incapaces de entenderla de idéntica forma.

¿Cómo podemos comunicarnos eficientemente, si entendemos las palabras de diferente manera? ¿Qué es finalmente la democracia? ¿Qué se persigue con ella? ¿Cuáles son sus efectos reales o acciones asociadas? ¿Es un fin o un medio? ¿Cuál es el alcance de la misma? Son estas algunas de las preguntas aún sin contestar, que generalmente obviamos en el diario debate, y pareciera que nos resistimos a entrarle al asunto con la profundidad del caso.

Entonces, ¿qué es la democracia?

De su complejidad a la hora de definirla dan cuenta numerosos autores. El propio Diccionario de la Lengua Española, de la RAE, tiene actualmente el concepto en revisión y ha enmendado la redacción del mismo, lo cual indica que la palabra está no solo "viva", sino también cambiando. El término democracia hace sustancialmente referencia a la intervención del pueblo y de la ciudadanía en el gobierno de los países. Es decir: se trata de un procedimiento mediante el cual los ciudadanos de un país eligen, respaldan, controlan y hasta destituyen en algunos casos a sus administradores públicos. No hay otras prerrogativas asociadas a la democracia en una perspectiva puramente conceptual, si bien desde la hermenéutica se asocian con ella valores, conceptos, tradiciones, derechos y otras características que son resultado de la ideología, la costumbre, un determinado momento e incluso un determinado lugar.

Pero pareciera que no nos conformamos con esa simpleza terminológica. Da la impresión de que necesitamos contar con un término único, que englobe todos los anhelos del ser humano en sus relaciones políticas y sociales, y nos resistimos a emplear otra palabra, otorgándole un valor superior, incluso supremo, al concepto de "democracia".

Por tanto, la moderna democracia —muy distinta, por ejemplo, de aquella que proponían los clásicos griegos— termina implicando valores universales que no son producto de su original esencia, pero que se han globalizado, y se sobrentiende que están (o deben de estar) incluidos en ella. La libertad, la observancia de los derechos humanos, el respeto a la vida y a la integridad de la persona, la convivencia pacífica, la toma de decisiones por la mayoría, la alternabilidad en el poder, el voto universal y un largo etcétera son parte sustancial de esa definición ampliada que utilizamos coloquialmente en nuestras relaciones interpersonales.

Aunque no siempre fue así y desde “el gobierno de los más”, en La Política de Aristóteles, —donde explica las diferentes clases de democracia— o el “gobierno de la multitud”, según La República de Platón, donde la contrasta con la “isonomía”, 2 muchos autores han empleado el concepto desde perspectivas muy diferentes y hasta contradictorias. Otros se han encargado de adjetivarla interesadamente, para sustentar, en cierta forma, valores asociados, como los citados antes, dando lugar así a expresiones como “democracia liberal”, “socialdemocracia”, “democracia indirecta”, “democracia participativa”, “democracia multicultural”, etc. Más recientemente otras clasificaciones se han posicionado en el imaginario social, como la "democracia islámica" o la "democracia cubana", por no incluir otros términos que pudieran generar mayor discusión o polémica. 3

En resumen, nadie garantiza que dos interlocutores, aun empleando la misma palabra, perciban o comprendan de igual forma el concepto, aunque lo habitual es no formularse esa pregunta y continuar adelante con el debate o con el diálogo como si nada ocurriera, dando por hecho ambos interlocutores están entendiendo lo mismo. El código en que se habla parece importar menos que el mensaje que se pretende transmitir. Presuponemos que avanzamos y nos dejamos arrastrar por la corriente, sin detenernos a examinar algo que todos decimos entender simplemente porque así lo usamos con frecuencia.

Es ahí, en contra de esa rapidez globalizada, donde parece oportuno detenerse y reflexionar, porque, sin parecer lo más urgente, puede ser quizá lo más importante. Es preciso —imperioso, me atrevería a decir— hacer un alto en esta acelerada forma de comunicarse y meditar sobre los puntos anteriores, que serán los que a fin de cuentas sustentarán el marco político de la vida en sociedad. Reflexionar, pero también comprometernos como ciudadanos libres y responsables con una forma de hacer las cosas, un procedimiento de solucionar los problemas, una manera de convivir en paz, una inteligente alianza para alcanzar una meta, que no siempre es común.

Meditando sobre el término valores asociados a la democracia

No obstante, de quedarnos exclusivamente en la puridad conceptual que marca el diccionario, es preciso, para continuar debatiendo el entorno, agregar un plus que denominaremos, por ahora, "valores de la democracia". Es decir: aspectos que van más allá del simple ejercicio racional, periódico, libre y voluntario de la elección de mandatarios políticos.

1. El primero de los valores se refiere a la relación mayoría-minoría. Si bien las decisiones son tomadas por la mayoría —y eso es sustancialmente la democracia— no hay que escapar al análisis del papel de las minorías. Sin embargo, no parece suficiente que el difuso y escueto “respeto a las minorías”, donde la concesión es graciable —y por tanto arbitraria— constituya un argumento sustancial, como valor agregado a la democracia. Es necesario referirse a algo mucho más específico y concreto, más real y evaluable, menos manipulable y volátil. Es preciso, para hablar de valor, que la democracia se asocie con el respeto ineludible a los derechos individuales. La vida, la libertad, la propiedad no pueden ser vulnerados por nadie, ni siquiera con la justificación de una mayoría (el pueblo) que decide en tal o cual sentido y que en ocasiones pretende incidir en esos derechos fundamentales. Esta observación no es banal. Se afianzan en el hemisferio regímenes que se califican a sí mismos de democráticos, mientras hacen uso indiscriminado de normas que estatizan propiedades, impiden que la ciudadanía se movilice libremente, limitan, anulan o controlan la libertad de expresión, o coartan al ciudadano que observa a diario cómo se reduce su espacio para ejercer la libertad, y se deterioran, cada vez más, sus posibilidades de proyección personal. Ninguna norma que limite siquiera mínimamente los derechos de la persona debe permitirse en ese marco de valores asociados. Elegimos a los gobiernos para que administren el espacio político. Delegamos parcial y momentáneamente el poder a los designados únicamente para que ejecuten, pero observando y respetando las normas de derecho público que delimita y restringe el espacio de actuación del gobernante, del cual el mismo no debe salirse sin grave sanción. Al administrador público, incluso amparado por la mayoría —por ese “pueblo” al que algunos aluden con simbolismo y fuerza coercitiva— no le está permitido incursionar en la esfera privada y personal del derecho individual. William Pitt 4 lo resumió magistralmente allá por el siglo XVIII: “La necesidad es el pretexto para todos los atentados contra la libertad individual. Es el argumento de los tiranos. Es el credo de los esclavos”, aunque lo dijo mucho más tarde —lo cual no le resta valor— que los clásicos griegos, que condenaron fórmulas como “el pueblo gobierna, no la ley” o “el voto mayoritario, no la ley, determina todo”. Recientemente se han consolidado otras sentencias más burdamente expresadas, generando con ello una importante confusión. Un ejemplo de lo dicho puede ser esta: "En una democracia, lo correcto es lo que la mayoría juzga correcto".

Se necesita una nítida y permanente claridad conceptual en torno a este asunto, en un mundo en el que la razón y la ley han cedido espacio a la motivación5 y al positivismo de la norma, algo que desde hace mucho se viene intentado imponer y que ha generado innumerables debates, destacando entre ellos el de James Harrington y Thomas Hobbes6 en torno a si el gobierno debe ser de leyes, como sostenía el republicano, o de hombres, como defendía el autor de Leviatán.

2. Otro de los valores fundamentales en esa "democracia" de la que hablamos es el Estado de derecho. Lejos de parecerse o confundirse con el Estado de legalidad —aquel que cuenta con leyes—, va más allá y abarca sustanciales aspectos que lo caracterizan. En él, las leyes son generales para todos, sin excepción de colectivos ni de personas, algo sostenido por muchos autores, entre los que se cuenta John Locke, de quien se ha dicho que su teoría central se podría resumir en la siguiente frase: "…, la ley debe ser general. Debe brindar protección a todos". Y es justamente en ese ámbito de generalidad donde Hayek reconoce incluso la existencia de “legislación ridícula y nociva, pero no es probable que en tales condiciones se promulguen leyes ”. 7

Es preciso reflexionar, en este momento, sobre el concepto de “igualdad social”. Si las leyes deben ser iguales para todos sin distinción —aunque los individuos son desiguales—, únicamente cabría un marco normativo diferente para poder alcanzar la “igualdad” a la que se aspira, lo que se contrapone a la generalidad anteriormente indicada. Si la recompensa de cada uno está en lo que merece, y no en lo que produce —y al ofrecer a los demás adquiere un valor que le es asignado por otros—, sería preciso buscar una manera, siempre subjetiva, de apreciar dichos méritos. Si finalmente se desea que el Estado produzca un determinado efecto sobre los ciudadanos, hay que dejar a un lado las reglas abstractas, para que la acción de aquel sobre los seres humanos tenga un determinado resultado particular y específico en cada caso. En definitiva, cualquiera de las soluciones anteriores se separan del concepto de legislación general, en el que se sustenta el Estado de derecho, por lo que agrega Hayek: "Los gobiernos democráticos empezaron pronto a destruir la igualdad ante la ley". 8 Y es que desde la Revolución Francesa se ha priorizado la igualdad material frente a la igualdad formal ante la ley, algo ratificado —entre otros— por el jurista austriaco Anton Menger, cuando afirmó: "Hoy se comprende que no hay injusticia más grande que el trato igual para lo que de hecho es desigual". Ante la igualdad de derechos se pretende imponer —y de hecho se ha impuesto— la igualdad de resultados.

En el Estado de derecho no hay interferencia, al menos que se modifique o se pueda modificar sustancialmente el libre ejercicio de la voluntad del individuo, porque simplemente destruye el principio anterior. Las leyes, iguales, deben cumplirse. La configuración de un sistema judicial que cumpla y haga cumplir las normas es sustancial en un modelo de democracia ampliada con valores. La esencia de la ley no es su enunciado, su promulgación o su difusión, sino el fondo, su cumplimiento y la observancia de la misma. La corrupción, el abandono de funciones, incluso el miedo o la costumbre, han hecho que una sustancial parte del ordenamiento jurídico de ciertos países (entre ellos los centroamericanos) se omita, se incumpla o ambas cosas a la vez. Por consiguiente, debe prevalecer, para evitar las connotaciones negativas antes señaladas, la observancia de la norma, incluso —si este fuera el caso— por encima de la calidad de la misma.

Es necesaria la isonomía: es decir, la “igualdad de las leyes para todas las clases de personas”, en palabras de John Florio. 9 A modo de conclusión de este apartado, tomemos el concepto claro y preciso de Estado de derecho legado por Friedrich A. Hayek, que lo define como "un estado de leyes iguales y la responsabilidad de los magistrados". 10

3. Un conjunto de aspectos que enriquecen y ennoblecen el término democracia, indispensables para su comprensión y para el ejercicio de la misma, incluye la tolerancia, la alternabilidad, el pluralismo y la división de poderes. Es posible calibrar su valor en contraste con países autodenominados demócratas, donde todas o algunas de las anteriores características están ausentes. La tolerancia se refiere a la pluralidad de ideas y al arreglo pacífico de las controversias entre los ciudadanos. El diálogo, el consenso, la discusión y el intercambio de pareceres son elementos necesarios en una sociedad plural. La alternabilidad obedece a la necesidad de aceptar que el cambio periódico de gobierno y de autoridades oxigena y revitaliza el modelo, pero además es una necesidad que permite renovar y no agotar las ideas, reconducir el rumbo, o simplemente darle continuidad a proyectos comunes o que tienen una preeminencia socialmente aceptada y aprobada. El pluralismo político pretende ofrecer un espacio a las distintas formas de pensar, a los diferentes valores sociales y a los varios programas, que se traducen en distintas formas y estrategias para afrontar los retos de cualquier sociedad moderna. La división de poderes no es nada nuevo, y se sustenta en la necesidad de generar un sistema de contrapesos que impida la concentración del poder en una sola persona o en muy pocas manos.

Sin esos otros soportes o valores, la democracia puede no ser más que un disfraz tras el que se camuflan algunas dictaduras o regímenes con vocación autoritaria y que, después de haber quedado trasnochados en el pasado, comienzan a reverdecer en el presente siglo. Es el caso de ciertos países, donde los partidos únicos monopolizan la vida nacional y no dan paso al pluralismo político, algo que sencillamente no tiene cabida en ellos, porque pretende uniformar, limitar o impedir la expresión del ser humano, y ello sólo es posible lograrlo mediante la coacción y la reducción de la libertad. Esa democracia de corte mayoritario y popular promueve y sustenta facciones y grupos de poder, que terminan, en su competencia, generando anarquía o desorden, para más tarde pedir al Gobierno orden y justicia, y terminar promoviendo y justificando actitudes autoritarias o dictatoriales. La historia confirma esa peligrosa tendencia.

Tampoco debemos dejarnos obnubilar por el poder de decisión del ciudadano en este proceso. Ni siquiera eso se hace cada cierto tiempo. Realmente, no pasamos de elegir entre unos pocos partidos, que son los que ponen en el candelero a sus candidatos y reparten el poder entre sus élites. Hemos cedido, como ciudadanos, una sustancial parte del poder supremo que compartimos con los demás y ahora son los partidos políticos los que deciden quiénes nos deben de representar o llegar a ocupar la más alta magistratura de la nación. La democracia, en este caso "indirecta", ha sustituido la decisión libre de la persona por la elección limitada, entre una serie de opciones que se presentan, so pretexto de lo difícil que resulta hacerlo directamente, como si los retos no hubieran sido los que han marcado el progreso del ser humano en la historia.

Resumen

La democracia no es un fin, sino simplemente un medio utilizado por la ciudadanía para tomar decisiones de forma pacífica, en las que participa la mayoría. En palabras del celebre primer ministro Winston Churchill: "De hecho, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, exceptuando todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando". 11

Quizá por ello, en la mayoría de las Constituciones de América Latina, la palabra “democracia” no aparece, y en contadas ocasiones el adjetivo democrático o democrática se encuentra escasamente en el preámbulo o disperso por el articulado de las mismas. (Ver anexo). Se alude, por el contrario y masivamente, a la república —o al republicanismo—, como sistema de gobierno, y es precisamente el concepto republicano el que debería emplearse más frecuentemente cuando se habla o se escribe. La república contiene precisamente todos los valores que se han comentado y es un fin en sí misma, mientras que la democracia es un medio para alcanzarla. Sin embargo, se han trastocado los términos, se ha olvidado la esencia del modelo de organización política con valores (la república), y se ha simplificado el concepto hasta emplearlo no importa dentro de qué referencia, pensando que la democracia es el fin de la organización política. Al final, esa democracia extendida termina proliferando e intenta reemplazar y desplazar a la república, tal y como lo demuestran las constituciones más recientemente aprobadas en América Latina. (Casos, por ejemplo, de Bolivia, Ecuador y Venezuela).

Reflexiones finales

No quisiera concluir estas reflexiones sin anotar, aunque sea brevemente, dos cuestiones que considero de interés y estimo que permiten meditar más profundamente sobre lo que se viene tratando.

La primera se refiere a esa especie de interés desmedido, manifestado como una voluntad impositiva occidental de “democratizar el mundo”. Se trata de una ola de pensamiento que considera, sin el imprescindible y reposado análisis, que la democracia occidental es el mejor modelo y por ello debe ser exportado, e incluso impuesto, a otras formas de cultura. Surgen serias y profundas dudas sobre si es acertada la base de partida y más sobre ciertas formas de implementarlo. El tiempo dirá si los resultados son los adecuados o, como estima Huntington, 12 los cambios culturales forzados terminan revirtiéndose a su origen.

La segunda, mucho más pragmática y real, obedece al análisis de los modelos de organización política de muchos países europeos. Me refiero concretamente al destacado éxito del modelo de monarquías parlamentarias, que se aúpan en las jefaturas de muchos Estados del otro lado del Atlántico ¿Qué hace exitoso un modelo en el que nadie elige mediante el sufragio universal a su jefe de Estado? ¿Por qué estamos permanentemente enfrascados en una discusión sobre la democracia —como coloquialmente la entendemos— cuando otros modelos que ignoran, al menos parcialmente, tal forma de toma de decisiones resultan contando con un altísimo índice de aceptación? ¿Qué se puede aprender y adaptar de ellos?

Pareciera —cada vez más— que nos conformamos con salvaguardar el término único “Democracia” y cerramos los ojos a otras posibles formas de toma de decisiones y de organización política, sin darnos cuenta de que el medio ha terminado por ocupar el lugar del fin mismo, posiblemente porque para algunos es más cómodo, o flexible, vivir en un espacio donde no todo está perfectamente marcado y los derechos individuales no ocupan el lugar preeminente que la república les concede. Así, la manipulación, la interpretación interesada de marcos normativos que limitan o privilegian la propia ideología y otros factores terminan por conformar un constructo a la medida del régimen o grupo de interés que en ese momento cuente con el poder o aspire al mismo.

No hay otra forma de reconducir la marcha que no sea el empuje y la implicación directa de la ciudadanía, que debe comprender de qué se trata, de qué hay que hablar realmente, y de las consecuencias de quedarnos con la parte, en lugar de optar por el todo, para poder superar el uso de un término incompleto, que requiere toda un ingeniería de cambio. Es deseable ir adaptándose progresivamente al uso de la terminología que las ideas fundacionales de cada país recogen en su respectiva carta magna: la república, que además lleva asociados todos los valores comentados, que conforman el norte hacia donde se dirigen las sociedades modernas y en las que la gestión política no es más que una pequeña parte del proyecto nacional, y no el motor esencial. Es un importante avance, una laudable preocupación y un gesto que debe resaltarse que hablemos, analicemos e incluso debatamos sobre los "valores de la democracia". Es un importante paso, porque indica que hay una preocupación sustancial por cuanto ello significa y encierra, pero ahora, que pareciera que amanece mucho más despejado, es hora de retomar el camino y de dar un golpe de timón. Optemos por la república. Se trata, a fin de cuentas, del modelo político plasmado en la Constitución y que pareciera olvidamos en beneficio de una especie de parasitación interesada de esa indeterminada e imprecisa democracia de la que todos hablamos y pocos, o ninguno, entendemos de igual forma.

¡Viva la República! fue el grito de muchas revoluciones y de luchadores independentistas que nos precedieron. ¿Por qué ahogarlo con sutilezas —en ocasiones ni siquiera bien entendidas— si costó tanta sangre a nuestros antepasados?

ANEXO

Veces que cada palabra aparece en la respectiva Constitución



1. Director del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales. Universidad Francisco Marroquín. Guatemala

2.Igualdad de las leyes para todas las clases de personas, en palabras de John Florio.

3. En GOOGLE, la palabra democracia tiene aproximadamente 82 millones de resultados.

4. Discurso de William Pitt en la Cámara de los Comunes, 18 de noviembre de 1783.

5. SARTORI, G. (1997). Homo videns: La sociedad teledirigida. Madrid: Editorial Taurus. “Estamos saliendo del mundo de las cosas leídas para entrar en el de las cosas vistas”.

6. Comentarios

7. HAYEK, F.A. (2011). El ideal político del Estado de derecho. Universidad Francisco Marroquín. Guatemala. P. 88.

8. Ibidem, P. 17.

9. FLORIO, J. (1598). Worlde of Wordes. Londres.

10. HAYEK, F.A. (2011). El ideal político del Estado de derecho. Universidad Francisco Marroquín. Guatemala. P. 16.

11. Textual del discurso en la Casa de los Comunes, del 11-11-1947.

12. HUNTINGTON, S. (2005). El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Barcelona. Editorial Paidós Ibérica.



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