Tópico de Actualidad mayo 2011
De CEES
Año 52. Mayo del 2011. N.o 1,000
Nota del editor:
La famosa ilustración del proceso económico, contenida en el relato "Yo, Lápiz", original de Leonard Read, ahora se nos traslada con los avatares y dificultades que ese proceso económico sufre en economías intervenidas, bajo el dirigismo del gobierno y los obstáculos al mercado que abundan en nuestro contexto, que por lo mismo, es pobre y subdesarrollado. Las vicisitudes de este infeliz lápiz latinoamericano lo dicen todo. GWM
YO, LÁPIZ... A LA MEXICANA
Roberto Salinas León & Carlos Peláez Gómez
En los círculos intelectuales de la economía de mercado, conocida es la historia del famoso lápiz que autonarra su pasado, y sobre todo el proceso económico que lo llevó a existir 1. En esta leyenda, la lección es de lo más emocionante: millones de pequeñas (minúsculas) porciones de conocimiento individual se entrelazan en un asombroso proceso intertemporal de acción humana, para permitir su surgimiento; un proceso complicado, imposible de concebir por la iluminación de una sola mente humana, o incluso de varias. En este proceso, según la propia narración de Lápiz, participan un sinnúmero de mentes individuales, que persiguen objetivos particulares y heterogéneos, los cuales se concatenan de manera espontánea, convergiendo en la producción final de esa unidad. En el famoso texto de Leonard Read, nos volvemos testigos de la vanidad divina que caracteriza a los que consideran posible reunir a una persona o a un comité de mentes humanas, para tratar de planear, conducir, coordinar y orientar el proceso económico, tanto en un caso individual como este o en su totalidad.
Su historia nos reveló el proceso que nace de la necesidad humana de comunicación, sin requerir ex ante un ejercicio de coerción o un aparato autoritario. Es un efecto natural de acciones espontáneas, libres, de seres cotidianos de carne y hueso. En otras palabras, el cuento nos eleva al nivel de drama la potencia del complejo sistema de comunicación y de la función coordinadora que caracterizan al mercado: un orden en el que las personas se comunican entre sí respecto de la escasez relativa de bienes, actuando en forma libre y voluntaria, revelando a la comunidad escalas de incentivos, preferencias y restricciones. He ahí el gran descubrimiento de las ciencias socioeconómicas.
Sin embargo, nuestro admirado colega olvidó detallar lo sensible que puede resultar este proceso a las injerencias de intervenciones selectas, discrecionales, con altos costos de transacción, que existen en los llamados mercados emergentes, y con ello olvidó también destacar la imperiosa necesidad de mantener libre un proceso, so pena de sufrir graves desajustes. Es aquí donde la historia de la contraparte mexicana adquiere una relevancia fundamental.
Así como aquella narración, esta es la historia de mi pasado, Yo, Lápiz mexicano, como ejemplo de lo que también sucede en otros mercados latinoamericanos, con tradiciones antieconómicas e instituciones que inhiben el potencial productivo de sus ciudadanos, al imponer formidables costos de transacción en el complicado proceso económico de producción. Uno podrá preguntarse qué diferencia implica el lugar de fabricación, si al fin y al cabo las leyes de la economía son universales; y uno tendrá toda la razón al plantear la interrogante: la ubicación geográfica no debería influir en las condiciones que permiten y dan rienda suelta al proceso; lamentablemente, en el caso de regímenes de inversión subdesarrollados, las condiciones internas sí cambian y marcan una diferencia fundamental. Vaya, entre otras cosas, este dato: mi país tiene hoy el mismo nivel de productividad laboral, en pleno siglo veintiuno, que tenía un país como el Reino Unido ¡en 1965!, hace casi medio siglo, o Francia ¡en 1964! 2
México es un país, como otros países de la región latinoamericana, donde las "reglas del juego" que norman la producción son diferentes de las descritas por mi compañero. En mi país, el proceso espontáneo expuesto presenta, en contraste, trabas que impiden o dificultan la coordinación espontánea de los deseos y las necesidades que hemos detallado. En mi patria, el acto de prosperar es una actividad extraordinariamente costosa y resulta todo un drama. Este drama no discrimina: se refleja con la misma intensidad en los diferentes sectores y se hace presente con la misma frustración, tanto en las operaciones más pequeñas como en las negociaciones más importantes. A los que anhelan vivir mejor, esta crisis los tiene al borde de un ataque de nervios.
MI GENEALOGÍA
Soy el tradicional lápiz de grafito, el ordinario lápiz de madera, tan familiar a todos los mexicanos, chicos y grandes, que pueden leer y escribir. La historia que he venido a contarles es la historia de mi pasado: el proceso que protagonicé para poder existir hoy y servir a millones de mexicanos.
Usted puede preguntarse –lo mismo que lo hicieron otros, ante la narración de Leonard Read sobre un lápiz de grafito en una economía de mercado– que por qué debería escribir sobre mi genealogía. Mi historia es interesante, quizá más incluso que la de mi antecesor, el lápiz de una economía abierta y competitiva. Lo mismo que a él, los que me utilizan me consideran como la cosa más natural del mundo. Pero yo también soy un misterio, aunque en un sentido más profundo y ciertamente más triste. Esa actitud que no me confiere importancia ensombrece los procesos socioeconómicos que suceden ante la mirada humana, así como la poderosa influencia, positiva o negativa, que los seres tienen sobre la libertad económica.
Yo, un lápiz mexicano, incluso pareciendo simple, estoy sujeto a fabulosos obstáculos de artificiosa política, antes de llegar a la mano de mi usuario final. Ciertamente, merezco su asombro en cuanto a la complejidad del orden espontáneo que opera durante mi creación; pero también merezco su preocupación por las razones que vengo a exponer aquí, que seguramente son asimismo fuente de asombro.
Mi fantástica historia –un largo viaje desde una idea, primero hasta un árbol y después hasta la mano de un escribiente– es a la vez una advertencia a la acción, para salvar la libertad de elegir, esa libertad que los individuos pierden cada día en los países latinoamericanos.
TRAMITAR O MORIR: UN INICIO DOLOROSO
A pesar de que, a primera vista, parezca un proceso muy simple, en realidad se trata de un flujo lleno de irregularidades, costos no contemplados, obstáculos y otras diferencias respecto del proceso por el que pasan mis parientes, los lápices de grafito norteamericanos, europeos o asiáticos.
Todos mis elementos son muestra de una violación al orden espontáneo de procesos económicos que me dan vida: la madera, el barniz amarillo, las pequeñas letras impresas, el grafito, la banda de metal, la goma de borrar…
Comencemos por el principio: cuando un empresario visionario identificó la oportunidad de negocio que representaría crearme –lo cual se debe traducir necesariamente en la satisfacción de necesidades–, tuvo que hacer un examen previo, un "calculo económico," que le permitiera identificar los costos y riesgos de la aventurada tarea que se disponía a realizar.
Lo primero que tuvo que hacer fue identificar un lugar para su planta o fábrica de lápices; una vez identificado, trató de comprarlo, para pasar rápidamente a su siguiente objetivo. Sin embargo, la adquisición no fue tan sencilla. El empresario pasó por un largo y costoso proceso notarial, que le ponía trabas, una tras otra, a la asignación de la propiedad. Por supuesto, no le quedaba otra opción, pues esta es la única manera de lograrlo. En el esquema mexicano de concesiones, mercados cautivos (públicos y privados), y de eterna tramitología, la propiedad no es un derecho, sino un privilegio. Por lo tanto, este tipo de "discriminación jurídica" implica que la corrupción, particularmente en forma de soborno, se convierte en un instrumento nefasto, pero necesario, para reducir los costos de transacción y, por ende, para salir adelante. Para ser exactos, fueron más de 74 días los requeridos para que mi creador original pudiera registrar la propiedad, y recurrió aproximadamente a un costo "oficial" de 5.2 % del valor de la misma; pero, como podrá imaginarse, fuera de lo "oficial" los costos fueron mucho mayores 3. Después de un costoso y agotador proceso, pudo hacerse de la propiedad y continuar con sus objetivos. El camino doloroso apenas comenzaba. Pronto mi creador se daría cuenta de que el lema del darwinismo social, "hacer o morir", en esta circunstancia se cambia por el lema "tramitar o morir".
El siguiente paso era acreditar los permisos de construcción de la planta y los de producción, todo esto porque el Estado mexicano, autonombrado protector de los derechos de los consumidores, debe estar pendiente de lo que se produce en su suelo y para sus ciudadanos. Los trámites para el permiso de la construcción se llevaron alrededor de 105 días 4. No sin pasar por un proceso costoso, corrupto y desgastante de varias etapas ante más de una docena de dependencias, y en un plazo de varios meses, el empresario obtuvo los permisos y construyó una estructura para su fábrica de lápices.
Lo siguiente fue darse de alta en el padrón de contribuyentes, ya que, por supuesto, por definición estatista del nacionalismo económico, todo ciudadano debe hacer su aportación al Estado. Este es, según la sabiduría de la burocracia contemporánea, el precio de un sistema de organización social moderno. La orgía de papeleos, la escala de "costos de entendimiento" y los tortuosos días adicionales de espera permitieron, ¡al fin!, conseguir el registro fiscal, dando así otro paso importante para iniciar la producción de un producto tan simple y sencillo como yo. No obstante, la carga impositiva y los costos administrativos de cumplimiento periódico entorpecieron y dificultaron permanentemente mi desarrollo. En mi país de origen el sistema fiscal es tan complejo que varios comerciantes no pueden sobrevivir en la parte formal de la economía, impidiendo la llegada de otros lápices parientes míos a las manos de consumidores mexicanos, o, peor aún, obligando a los comerciantes a desarrollar y distribuir las unidades en un mercado informal, fuera de la ley.
Un ejemplo de los efectos que esta carga implica es que mi emprendedor creador tuvo que introducir plazas especiales en la empresa, todo un departamento de expertos en asuntos fiscales, jurídicos, contables, e incluso, hoy en día, ecológicos y climatológicos, con la única finalidad de tramitar para sobrevivir. Todas estas plazas, se lamenta, sustituyen y ocupan los recursos que en su plan original estaban etiquetados para la expansión de la planta productiva, así como nueva inversión en tecnología.
HISTORIAS DE HORROR
Una vez que el empresario se recuperó del desgastante proceso que lo llevó hasta el lugar donde nos encontramos, se dispuso a comenzar la producción de lápices. El siguiente paso de su arriesgada odisea fue comprar el equipo y juntar el capital necesario para el proceso de mi fabricación. Esto fue en una época en que México era una economía cerrada, donde se sustituían las importaciones de productos extranjeros, con la intención de fomentar la producción nacional. El Gobierno, haciendo uso de su poder, prohibió las importaciones, dejó a los mexicanos sin opciones de compra de bienes de capital extranjeros y, por consiguiente, en la necesidad de someterse a la única opción: equipo y capital nacional. El Gobierno ignoró que la producción no es un proceso que se lleva a cabo por decreto, sino mediante una estructura de incentivos; el resultado fue que los mexicanos contaban con una estructura de capital escasa, costosísima, y de calidad significativamente inferior a los recursos en mercados de capital abiertos. El Gobierno también ignoró que existe una ley espontánea, mucho más fuerte que cualquier otra norma impuesta: la ley de la acción humana ante la escasez. Como consecuencia, varias máquinas necesarias para mi fabricación, que no se vendían en mi país, tuvieron que ser adquiridas a través de un mercado negro, a un precio mucho mayor, y en condiciones desfavorables para el empresario, que se aferraba, heroicamente y a pesar de todo, a mi producción.
Su siguiente paso fue contratar la mano de obra, recurso necesario para el proceso productivo. Poco tiempo transcurrió para que mi innovador creador se diera cuenta de que estaba por enfrentarse a la mayor traba del proceso productivo que permite mi fabricación. En el proceso integral de mi producción, desde la preparación de la taza de café que beben los leñadores hasta el vendedor de la papelería, el mercado laboral es víctima de innumerables restricciones, que complican toda la cadena de mi producción, en perjuicio de los millones de mexicanos que me necesitan y demandan. Esta es una historia de horror.
Este capítulo de mi triste historia pone de manifiesto la legislación paternalista que los gobiernos han puesto en práctica en supuesto beneficio de los trabajadores. El paternalismo ha respondido, supuestamente, a las buenas intenciones de proteger a las clases trabajadoras; sin embargo, ha generado a la vez una brutal rigidez el mercado, y dotado de un enorme poder a los líderes sindicales, cuya especial preocupación no es el interés de sus agremiados, sino el propio.
En México, el sector laboral está regulado por la Ley Federal del Trabajo (LFT). Dicha ley genera una inflexibilidad permanente, precisamente en un mercado donde es tan vital el libre movimiento de factores para maximizar la creación de empleo productivo, bien remunerado, de acuerdo con la productividad. La legislación es fuente de innumerables restricciones, que conllevan las inevitables distorsiones que a su vez entorpecen la reasignación eficiente de trabajadores. Veamos solo algunos ejemplos.
Una de las más importantes regulaciones que impiden la reasignación de recursos en este mercado es la prohibición de recorte de personal, en caso de choques económicos adversos, así como los enormes costos de despido y la prohibición de contratos a prueba. Estas reglas derivan en el estancamiento de recursos ociosos para mi fabricación, que podrían ser reasignados en otras industrias o mercados, incentivando una mayor eficiencia. Los costos de oportunidad, por tanto, son altísimos.
Otro ejemplo que desincentiva la competencia entre los trabajadores, y por consiguiente su productividad, es el criterio de antigüedad como el único válido para la promoción. Claro, están a la vez el gran poder de los sindicatos y la obligación del patrón de suscribir un contrato colectivo que contenga la cláusula de exclusión, según la cual se prohíbe contratar trabajadores ajenos al sindicato, dejando el factor laboral a merced de un cúmulo de reglamentos que acaban protegiendo a trabajadores desobligados e ineficientes, e impiden el reconocimiento a trabajadores dedicados y productivos. Los pequeños empresarios acaban por contratar a personal de manera "informal," por honorarios o con tandas de efectivo semanal; mientras, los grandes lo contratan mediante empresas creadas ex profeso para operar en números rojos, con lo cual se vuelve imposible probar la disponibilidad de recursos para indemnizar en caso de despido, de acuerdo con la ley vigente. Mi creador original, valiente empresario que no ha perdido la fe ante el cáncer de la reglamentitis, tuvo que contemplar al final del día medidas extralegales, como las mencionadas, añadiendo así un costo más a la ya inmensa lista de costos de transacción que se han acumulado en el proceso de mi producción. Naturalmente, tales costos no estaban contemplados en el cálculo económico original.
Estos casos, sumados a la ineficiencia infinita de las instituciones encargadas de resolver los litigios laborales, impiden una asignación racional de recursos productivos, en sus usos eficientes y mejor retribuidos, provocando más desempleo, más inmigración ilegal, más mercado en la informalidad. Por lo mismo, el nivel de remuneración laboral se ha mantenido muy por debajo de su potencial, lo que alimenta el resentimiento político y el surgimiento incluso de populistas, con sus soluciones de redención instantánea. Estas medidas implican un secuestro regulatorio del empresario indefenso, y ponen mi producción en manos de trabajadores que no tienen ningún incentivo para hacer bien su trabajo, por lo que, en los múltiples procesos que se llevan a cabo para producirme, mi calidad y costo se ven fuertemente comprometidos. Las consecuencias no las paga solo el empresario, sino también los millones de mexicanos que tendrán que conformarse con un lápiz más caro y de menor calidad.
Estas trabas laborales atormentarán el proceso de mi producción de inicio a fin. ¡Qué pena sería que mi fabricante tuviera que cerrar el negocio después de tan titánicos esfuerzos para obtener permisos, licencias, contratos laborales, maquinaria, capital de trabajo y tanto más! Sin embargo, mi producción continúa, pero con ella los problemas también.
UNA TORTURA PERMANENTE
Cada diminuto detalle que conlleva mi fabricación es objeto de las mismas trabas. Piénsese en el equipo necesario para la fabricación y aprovisionamiento de madera: las sierras, los camiones, las sogas. Piénsese también en todos los componentes para mi manufactura, como, por ejemplo, el grafito que se produce en mi tierra. Los problemas se multiplican con cada costo adicional aparejado al equipo o elemento utilizado durante el proceso. Además, no olvidemos los costos de operación. ¿Qué decir de la energía que abastece las máquinas para transformarme de un insignificante pedazo de madera en un apuesto lápiz amarillo? ¿Qué decir de la energía necesaria para abastecer la fábrica; o de los combustibles necesarios para transportarme? El calor, la luz y la energía para los motores, máquinas, tornos y plantas son caros e ineficientes en mi país. Por norma constitucional, el Estado es dueño del petróleo, el gas y la electricidad. La producción de energía es un monopolio estatal; por lo tanto, los precios son tan altos que el fabricante rara vez puede ser competitivo. Incluso el precio de la gasolina del camión que me transporta a mí, o a mis componentes, hasta el vendedor, es exponencialmente más alto, si consideramos que México posee recursos petroleros propios y un amplísimo potencial energético. Este es un penoso círculo vicioso, justificado por un discurso dogmático sobre la soberanía nacional; pero detrás de la retórica popular se encuentra la realidad inexorable de nuestro sector energético, donde los recursos son explotados no para la generación de riqueza, sino para repartir privilegios a una clase política de algunos que viven como los virreyes de antaño, y seguramente expresan sus deseos por escrito con lápices importados o expropiados. Pero, eso sí, ¡el petróleo es nuestro!, gritan los defensores de esta plutocracia, alabados por una multitud que no logra entender las repercusiones que representa la desgracia de no contar con un régimen de competencia en este y en cualquier sector.
Por si todo esto fuera poco, los moribundos incentivos del empresario que se aferra a mi producción son objeto de golpe y desacreditación social permanente, por la casta burocrática que acusa a mi creador de explotar salvajemente a sus empleados y a los consumidores. La anti economía que sufrimos ha corrompido la visión que se tiene del empresario, y los beneficios que genera la fuerza motriz del bienestar: los incentivos. Su papel social de proporcionar los bienes deseados, buscando siempre reducir los costos y mejorar la calidad, son vistos con recelo por aquellos ignorantes o interesados que no han comprendido las condiciones que nos diferencian, como seres guiados por la razón, de un simple ser con vida. En México no logramos entender que, en un sistema de libre economía, los beneficios solo aparecen si el empresario produce bienes valorados por los consumidores, a un costo menor del precio que los consumidores están dispuestos a pagar por su producto.
Hay que aceptar que, en la sociedad mexicana, el cúmulo de intervenciones estatales se han logrado "camuflajear" como un sistema de mercado sui generis; la consecuencia es que, a los ojos de los mexicanos cotidianos, no son las trabas y los trámites, sino el libre funcionamiento de los procesos económicos lo que impide lograr el desarrollo y reducir la pobreza. Las privatizaciones, manipuladas desde arriba en épocas recientes, han derivado en monopolios privados, que extraen rentas al amparo de la ley vigente; pero no se deje engañar, mi estimado consumidor: los empresarios que hoy gozan de tales beneficios no son más que los beneficiarios de este sistema que he venido a exponer. Lo que ellos han hecho ha sido asegurar sus beneficios, explotando el "compadrazgo" y el abuso de influencias, que han reinado en la sociedad mexicana en su historia moderna. Aquí impera el "capitalismo de cuates," donde la corrupción funciona como una medida desviada, para dar eficiencia a un sistema ineficiente. A diferencia de lo que sucede en la economía mexicana, en un orden de mercado abierto los beneficios se permiten, pero nunca se aseguran, y mucho menos mediante la confluencia de los actores políticos.
Usted puede preguntarme:"¿Estarás al menos seguro a lo largo del proceso?" No. Realmente no. El Estado de derecho es tremendamente débil, mientras que los impuestos extraídos no sirven para garantizar la seguridad de las personas, sus hogares y sus negocios. Los camiones que me transportan son frecuentemente robados, a veces por bandas coludidas con la policía local; los empresarios temen salir a las calles, mientras que la fábrica debe ser custodiada como una prisión. Esto significa otro costo más, debido a la inseguridad. Dadas estas condiciones, es muy común que mis fabricantes se vean obligados a invertir en seguros, vigilantes, cámaras de seguridad, cajas fuertes, cerraduras, y un larguísimo etcétera. Los mexicanos, además de pagar sus impuestos, deben desviar recursos y una parte sustancial de su tiempo en usos que no tienen nada que ver con sus objetivos, desvaneciéndose así innumerables oportunidades productivas, que podrían destinarse a pensar, crear, emprender, producir, innovar; en suma, a generar bienestar.
Con frecuencia, dada esta debilidad institucional, existen nuevos factores que pueden entorpecer mi creación: huelgas, plantones, secuestro a las vialidades [¿…?] por grupos de manifestantes políticamente protegidos, apagones de luz, auditorías repentinas, y otro largo etcétera. Es una tortura de nunca acabar: cada día de la vida del proceso que me lleva a existir representa una odisea repleta de altos costos de oportunidad.
Pero aquí me encuentro, listo para ser utilizado por manos y mentes creativas, ya sea para escribir un poema, hacer una tarea escolar, o resolver un problema matemático. Leonard Read lo relató así hace más de medio siglo: "Ninguna de los miles de personas involucradas en producirme como lápiz realizó su trabajo porque hubiese querido un lápiz. Cada uno vio su trabajo como la manera de obtener los bienes que necesitaba y deseaba. Cada vez que vamos a la tienda y compramos un lápiz, estamos intercambiando una pequeña porción de nuestros servicios por la cantidad infinitesimal de servicios de aquellos miles que contribuyeron a producir el lápiz".
LA FATAL ARROGANCIA
Pues sí, es totalmente cierto. Pero algunos olvidaron que esto era así e intentaron tomar mi elaboración en sus propias manos. Las consecuencias las he relatado. Le aseguro que mi historia representa solo la punta del iceberg. Ahí radica la magia (negra) que represento. Nadie puede, ni debe, planificar centralmente mi producción, para que yo, un orgulloso lápiz mexicano, pueda existir. De hecho, cada vez que un burócrata nalgón quiere controlar el proceso, dando órdenes a los agentes, los trabajadores, los comerciantes y los consumidores, sobre qué hacer y cómo hacerlo, el infeliz final siempre es el subdesarrollo. El proceso, una vez intervenido al amparo de crear reglas complicadas para supuestamente hacer la vida más sencilla, no informa, no coordina, no fluye. Sus mensajes, distorsionados por los artificios del intervencionismo, empujan a empresarios y consumidores hacia fines distintos de los deseados, asignando erróneamente los limitados recursos en usos subproductivos. No sorprende que el nivel de productividad mexicana haya crecido, de forma acumulada, apenas en un patético 2.1% en las últimas dos décadas, mientras que en economías abiertas, más avanzadas, como EUA o Corea del Sur, ha crecido en 35% y 83% respectivamente. ¿Entienden ya mi profunda tristeza existencial? 5
La planificación central implica pretensiones de conocimiento universal, y con ello la suprema vanidad de cambiar y manipular la acción humana. Pero hay una ley más poderosa que cualquier plan o pretensión: la conducta humana ante la escasez. Esa ley, que en lenguaje económico se conoce como la ley de la oferta y la demanda, bloquea todos los intentos del planificador de controlar el comportamiento humano. Como tal ley no se puede abolir, lo único que consiguen los iluminados de la clase interventora es lesionar la actividad económica y limitar el potencial productivo de sus ciudadanos. Otra vez confirmo lo dicho con hechos de horror: hoy se requieren cinco de mis creadores intermedios para producir lo mismo que tan solo un trabajador irlandés; y tres para producir lo mismo que un español. 6
En un mercado abierto, todos los agentes del proceso económico cooperan sin siquiera notarlo. Se comunican en forma indirecta, espontánea, a través del sistema de precios, y ejercen su libertad para alcanzar sus metas de la mejor manera que son capaces. No necesitan ninguna dirección externa, solo la información correcta que proporcionan sus agentes similares en el mercado, y la mayor esfera de libertad posible para desarrollar su potencial individual. En otras palabras, requieren una sociedad abierta, gobernada por leyes sencillas para nuestro mundo complicado.
EL MILAGRO REVELADO
Mi viaje, narrado así, es literalmente un milagro. El orden espontáneo es un flujo de conocimientos tan poderoso que lucha por encontrar su camino: a pesar de los obstáculos, yo existo. Claro, mi existencia y el hecho de que esté aquí narrando mi historia son un ejemplo patente del formidable potencial que desperdicia mi país. ¿Cuántas inversiones, oportunidades, talento humano, se han perdido, simplemente por el costo de "hacer y producir en México"?
Usted puede pensar que soy poco realista, pero en esta enredada historia veo una oportunidad para el crecimiento. Mi relato es una petición especial para usted: trabaje por una sociedad mexicana más libre. Permita a los individuos organizarse en armonía, con la creatividad y sabiduría que brinda la libertad. Permita que el orden espontáneo rinda sus frutos. El reto, repito, es abandonar la fatal arrogancia de construir leyes complicadas para simplificar el mundo (algo que sólo genera una interminable serie de incentivos perversos), y adoptar la filosofía, más humilde, de desarrollar leyes sencillas para nuestro mundo complicado. Siento una clara tristeza cada año, cuando veo que los cambios necesarios para liberar el potencial de los mexicanos se posponen para otro año, o para otro sexenio, para otra legislatura, para otro país incluso.
Tal como concluyó el legendario lápiz que confió su caso a Leonard Read, ningún ser es capaz por sí mismo de realizar todas las tareas para producir un artefacto como yo. Aun así, estoy aquí para recordarle, tal como lo hizo mi predecesor, que existen "múltiples pequeños saberes" que se entrelazan para producir el artículo requerido, sin intervención estatal alguna, ni policía o corporación necesaria, para orquestar acciones y actores.
Por ello, mi existencia en México es un auténtico milagro, en todos los múltiples sentidos del drama económico que represento. 7
1. Léase el artículo"I, Pencil: My Family Tree as Told to Leonard E. Read" Leonard E. Read, publicado en Diciembre de 1958 por The Freeman.
2. Índice de Productividad 2011. CIDAC, México DF
3. Cifras del Doing Business in the World 2011 (México).
4. Cifras del Doing Business in the World 2011 (México).
5. Índice de Productividad 2011. CIDAC, México DF
6. Índice de Productividad 2011. CIDAC, México DF
7. Agradecemos los valiosos comentarios de Adolfo Gutiérrez en la realización de este ensayo.
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