Tópico de Actualidad mayo 2010
De CEES
Año 51. Mayo del 2010. N.o 988
Nota del editor:
El profesor Pedro Trujillo analiza uno de los puntos débiles del sistema electoral, cuando no hay mayoría en la elección del presidente y esta se decide en “segunda vuelta”. Trujillo discute las desventajas de la legitimidad política cuando la participación es baja, y los inevitables costos sociales de la “negociación” que le sigue. Por ello comparte un método racional para distribuir el poder legislativo según porcentajes, usando el ‘’voto en blanco’’ como factor determinante en la segunda vuelta. De la misma manera discute la validez de las rondas sucesivas, en las que todo voto cuenta desde la primera vuelta, evitando así la segunda.
Sistemas electorales y democracia
Estamos acostumbrados –posiblemente demasiado acostumbrados– a no debatir ni reflexionar suficientemente sobre el sistema electoral que tenemos y que, en definitiva, sigue las pautas de un modelo de doble vuelta. En el mismo, los distintos candidatos propuestos por los diferentes partidos políticos se presentan en una primera vuelta y los dos binomios (presidente y vicepresidente) más votados pasan a una segunda, donde aquel que consigue una mayoría simple termina siendo proclamado ganador. Así se lleva haciendo por mucho tiempo y parece no haber intención de debatir sobre ello, cambiar el sistema o cuestionarlo.
Sin embargo, a poco que se ahonde en el sistema, se ponen en evidencia una serie de lagunas del mismo. Es exactamente ésta la reflexión que deseo hacer en relación con la búsqueda de otros procedimientos para optimizar la elección, tomando en cuenta las preferencias manifestadas por todos los ciudadanos y no únicamente las de un grupo, mayoritario o no.
Pongamos un ejemplo que nos ayudará a despejar las dudas. Supongamos un país con cinco candidatos en la primera vuelta y con los siguientes resultados:
A la vista de los resultados, los candidatos C y D serían quienes pasarían a una segunda vuelta. Llegado ese momento, las preferencias de quienes votaron a los candidatos A, B y E habrían quedado automáticamente descartadas, puesto que únicamente pueden optar ahora porC y D, que no fueron sus favoritos, razón por la cual ya no tienen una opción que satisfaga sus aspiraciones. ¿Qué harán esos votantes en la segunda ronda? No es sencillo de prever, pero es posible que opten por lo siguiente:
- a.No participar, puesto que su voto ya no tiene “sentido” para ellos.
- b.Votar al candidato C o al D, aunque no estaban en su primera preferencia.
- c.Votar en blanco, puesto que su deseo no está reflejado en la oferta electoral de ese momento.
Esa frustración que surge al no poder elegir a su preferido puede desincentivar, sin duda, la participación. Aun así, el actual sistema seguiría el proceso y en la segunda vuelta podría obtenerse el siguiente resultado:
Algunas interpretaciones de la anterior tabla serían éstas:
- a.El futuro presidente del país ha sido elegido mediante elección directa de poco más de dos millones de habitantes, lo que representa un escaso 15.55% del total de la población y un 29.05% del total del posible electorado.
- b.Lo anterior obliga a cuestionarse la legitimidad del futuro Gobierno, ya que apenas 1 de cada 3 ciudadanos con derecho de voto y 1 de cada 6 ciudadanos en general son quienes lo han elegido; el resto “lo desconocen”.
- c.Se puede afirmar, aun aceptando algunos pequeños errores en la interpretación, que en esta segunda ronda hay una “ausencia” de 1.359.452 votantes que votaron en la primera, no se han identificado con ninguna de las opciones y no quisieron participar en la segunda 1.
Se concluye lo anterior teniendo en cuenta que tanto en la primera vuelta como en la segunda la participación ha sido relativamente alta. De considerarse porcentajes menores, las conclusiones podrían ser más drásticas, en el sentido de ausencia de participación y falta de legitimación en el resultado final.
Valoremos sin embargo y exclusivamente en este momento la ausencia de participación en esta segunda ronda de muchos posibles ciudadanos que hubieran querido votar. Podrían haber votado en blanco, pero en la práctica dicho voto no tiene validez, y por consiguiente no tiene sentido votar así. Votar nulo no es opción, ya que estamos hablando de ciudadanos que creen en el sistema y que desean realmente hacer uso de su derecho de elección. Por ello, la única alternativa es no participar o elegir al “menos malo” de los dos.
¿Cómo mejorar el proceso, para que todos se sientan identificados y perciban que su opinión ha sido tomada en cuenta? ¿Cómo evitar esa “frustración”, incentivar la participación y, en cierta medida, satisfacer las aspiraciones de todos, además de incluir la totalidad de los deseos de los votantes? En resumen, ¿cómo optimizar el proceso?
1. El voto en blanco en la segunda vuelta
Prácticamente en todos los países del mundo, el voto en blanco es considerado como un “voto no válido”. Al concluir cualquier proceso electoral, los votos que apuestan por tal o cual grupo, candidato o partido se contabilizan como tales; sin embargo, hay otro paquete que engloba los votos nulos y los votos en blanco, no válidos para el reparto de escaños o la contabilización general.
La diferencia sustancial entre un voto nulo y uno en blanco es que respecto del primero (nulo) no se puede afirmar cuál fue la intención del votante. Pudo ser una “broma”, señalando la papeleta de una forma diferente; una especie de protesta, marcando incorrectamente; o cualquier otra posibilidad que pueda pasar por la mente de quien lo haya emitido. A fin de cuentas, no se puede considerar más que como voto no válido, puesto que se desconoce la voluntad del emisor o aquello que pretendía expresar quien lo formuló.
Por su parte, el voto en blanco se interpreta (se puede interpretar) como un voto consciente, una participación en el proceso de elección, en relación con el cual a quien lo emite no le gustan las opciones que se le presentan, y por ello opta por la vía de no manifestarse por ninguna de ellas. Esto debe considerarse, especialmente, en la segunda vuelta, donde el elector pudo haber optado por un candidato que no pasó el primer filtro y que, por consiguiente, no figura ahora entre sus alternativas. En las segundas rondas, a los electores únicamente les quedan dos opciones y es presumible que, en el caso de muchos de ellos, su primera opción haya quedado descartada. Por tanto, muchos pueden decidir utilizar el voto en blanco con una lectura como la siguiente: deseo participar (de hecho lo hago), pero no quiero optar por nadie, porque no me gusta ninguno de los dos candidatos que quedaron. Una opción, sin duda, razonable, válida, y que debería ser tenida en cuenta en democracias participativas.
¿Cómo, entonces, incorporar el voto en blanco, como una alternativa válida en un sistema con principios y valores democráticos? El proceso parece sencillo y cumple con los parámetros básicos de una democracia participativa, en tanto en cuanto amplía las posibilidades del electorado y permite elegir algunas de las opciones que se presentan o ninguna de ellas, no descartando, como hasta hoy ocurre, a quienes no optan necesariamente por la oferta que se presenta.
En los procesos de doble vuelta, el voto en la segunda se circunscribe necesariamente a elegir entre los dos partidos o candidatos que pasaron a la misma. Por eso el voto en blanco se convierte en una tercera opción, mediante la cual se amplían las alternativas y se permite la continuidad participativa de aquellos cuyo candidato quedó excluido en la primera ronda. La idea general es que se podrían incorporar votantes que no tengan ninguna preferencia por ninguno de los dos contendientes que han llegado a ese instante.
Pongamos un ejemplo para ilustrar cuanto acabamos de decir. Imaginemos tres partidos políticos (A, B y C) que presentan a sus candidatos al Congreso. El resultado de la votación es el siguiente:
Al haber cien (100) escaños en el Congreso y no tenerse en cuenta los votos en blanco, el reparto es como se indicó arriba. Es decir, se cubrirían todas las curules por los partidos votados (A, B y C). Quienes no votaron por ninguno de ellos no ven reflejada su intención en la composición de la cámara: se ven excluidos.
Supongamos ahora que se tienen en cuenta los votos en blanco, como opción válida. La distribución sería la siguiente:
Con ello, la composición real del Congreso no sería de cien (100) representantes. Únicamente habría setenta y cuatro (74), porque el resto de curules no debería asignarse a nadie, puesto que un grupo importante de ciudadanos decidió que no deseaba ninguna de las ofertas políticas que se presentaron. Ello impediría, por ejemplo, tomar decisiones por mayoría calificada de tres cuartas partes, ya que nunca se llegaría a los setenta y cinco (75) votos necesarios, respetándose así el deseo de una significativa cantidad de votantes que, sean mayoría o minoría, deben tener cabida en la toma de decisiones en los procesos democráticos. Generaría, por otra parte, una nueva oferta electoral para el siguiente proceso que atrajera a ese electorado ahora no decidido.
2. El sistema de elección por preferencias
Otra forma de mejorar los procesos electorales es la adopción del sistema de elección por preferencias. En él cada votante pone a sus candidatos por orden de prelación, designando el número uno al que prefiera, y así sucesivamente hasta terminar todos o finalizar en el momento que desee. La ventaja principal es que, si no sale elegido el primero de la lista que ha elaborado, su preferencia por el segundo también será tenida en cuenta, y así hasta completar la lista, lo que en ningún momento lo excluye del proceso, puesto que siempre es considerada su opinión.Por otra parte, el proceso se reduce a una única vuelta, obviando los costos agregados de una segunda y otros extremos, como los pactos interesados entre grupos políticos que quieran obtener ventaja con las posiciones alcanzadas, y otros acuerdos similares que terminan por tener un alto costo para quien finalmente obtenga el poder.
Pongamos, igualmente, un ejemplo para clarificar la situación:
1. Con el sistema de votación por preferencias, los votantes clasifican a sus candidatos y votan así: un “1” para el candidato más preferido; un “2” para el segundo en preferencia; etc. Al final se suman los votos de todos los participantes.
La votación por preferencias requiere que un candidato logre una amplia mayoría, cosa que el candidato A no hace en el primer conteo. Ciertamente tiene un gran apoyo, pero no el suficiente para cruzar la “línea de la mayoría”.
Un presidente sólido y representativo debería tener un importante y amplio apoyo, y la votación por preferencias permite encontrar al candidato que mejor logra este balance. Así que el candidato con el menor número de preferencias (en este caso el E) es eliminado. El candidato E es, por tanto, excluido, y se realiza un nuevo conteo.
Las boletas que antes daban preferencia al candidato E son ahora tomadas en cuenta con los candidatos anotados en segunda preferencia. Respecto de las demás boletas, permanece el conteo de su primera preferencia. En este caso no se toma en cuenta una boleta, puesto que se supone que ese elector únicamente votó por el candidato E, ya que el resto no le interesaba.
En este nuevo conteo tampoco hay ningún candidato que logre el voto mayoritario y ahora es el candidato D quien, por tener un menor número de votos, debe salir de la lista, y las papeletas en las que se votó a D deben tomarse en cuenta nuevamente y ver quién era el candidato que seguía en preferencia.
Los ocho (8) votos que tenía D se redistribuyen así:
- a. Cuatro (4) para C
- b. Uno (1) para B
- c. Tres (3) para A
Ello reconfigura nuevamente la distribución que se viene presentando, y en este momento, después de la salida de E y de D, por ser los que menos votos tenían, no habiendo ninguno de los candidatos llegado a la línea de mayoría, la situación es la que se muestra a continuación.
4.En este nuevo panorama están los tres candidatos que permanecen hasta el momento. Véase cómo el candidato C gana fuerza. El candidato C tiene bastante apoyo y sigue al candidato A después del primer conteo; además, logra más votos, mientras se van eliminando los otros candidatos (E y D). El candidato B no recibe suficientes votos para permanecer en la carrera y también es eliminado, siguiendo un procedimiento repetitivo, al que se ha venido exponiendo. Al salir el candidato B, las boletas que lo favorecían se cuentan ahora a favor del candidato A o el candidato C, según el caso. Hay que notar que en algunas boletas se toma en consideración la tercera preferencia: aquellos electores que optaron por los candidatos E o D en la primera, y por B en la segunda. Así, los votantes de B prefirieron, después de aquél, a los siguientes:
- a. Ocho (8) al candidato C
- b. Cuatro (4) al candidato A
Este es el momento de crear un nuevo gráfico sobre cómo queda la distribución en este punto. Habiéndose reducido el número a dos candidatos, el candidato C se asegura la mayoría de los votos y cruza la “línea decisiva” de la mayoría, por lo que se convierte en el ganador del proceso.
El candidato C es el triunfador. Si se hubiera utilizado el sistema de votación por pluralidad simple, los votantes habrían elegido a un candidato que la mayoría de ellos no habrían querido votar tanto como a C. Las elecciones por preferencias aseguran la victoria de un candidato que puede obtener el apoyo de por lo menos el 50% más uno de los votos de todos los electores.
Conclusiones
Vivir en democracia implica, necesariamente, la búsqueda de elementos que perfeccionen los parámetros y valores de la misma. Es necesario estar permanentemente mejorando los procesos de participación y lo indicado incide directamente en el fin que se pretende alcanzar. Por ello, las ventajas que se presentan deben percibirse como elementos que mejorarían la convivencia, incentivarían la participación y reducirían los costos de transacción: es decir, tendrían un importante impacto en la eficacia y en la eficiencia del sistema. Destacamos como más importantes las siguientes conclusiones:
- • El hecho de contabilizar como válido el voto en blanco y no como algo “no útil” promovería la participación de votantes, especialmente, pero no necesariamente, en procesos con segunda vuelta, incentivando el valor de la elección.
- • Validar el voto en blanco permitiría evitar los monopolios de partidos que, sin ser mayoritarios, se arrogan una representación superior a la que realmente le ha sido reconocida por los electores. Por otra parte, se pondría límite a la toma de decisiones no legitimadas (ejemplo, las que se toman por mayoría cualificada), y generaría una nueva oferta electoral para el siguiente proceso, que podría responder a los ciudadanos que no eligieron a nadie porque las opciones no les satisfacían.
- • La elección por preferencias incrementa la participación, porque incluye el orden de prioridad de todos los participantes en cualquier momento del conteo y no únicamente en alguna parte del mismo. El ciudadano percibe que su voto tiene continuamente validez en el proceso.
- • Se anula el proceso de elección en segunda vuelta, evitando un gasto innecesario (eficientización del proceso), y también anulando la posibilidad de pactos interesados entre grupos que ya no pueden participar, que en ese momento generan acuerdos de apoyo y terminan teniendo un importante costo para la ciudadanía.
- • Se reduce el costo económico y emotivo del proceso.
- • Mejora el sistema participativo y, por tanto, la democracia como sistema.
Mucho se habla de mejorar “las democracias”; sin embargo, se hacen pocas propuestas para que ello ocurra. Esta reflexión, absolutamente lógica y racional, pretende generar el debate necesario para que, fuera de un clima donde las emociones obstaculicen la racionalidad, se pueda avanzar hacia procesos más decantados, mejores, más participativos y justos, que estén en sintonía con lo que se espera del modelo de democracia liberal en el siglo XXI.
1. Los errores se refieren a que los que no participaron en esta segunda vuelta no tienen que ser necesariamente quienes lo hicieron en la primera. Algunos que en aquel momento no votaron han podido hacerlo ahora; sin embargo, se puede considerar la propuesta, porque puede ser válida y acercarse frecuentemente a lo que realmente ocurre.
2. Para una mayor comprensión se simplifica el número de votantes.
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