Tópico de Actualidad junio 2010
De CEES
Año 51. Junio del 2010. N.o 989
Nota del editor:
El doctor Armando P. Ribas, abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador, nos plantea con excepcional claridad el viejo problema de los ideales europeos frente a las realidades americanas. Por una lado, el romanticismo ilustrado; por el otro, la culpa ante el propio éxito. ¿Cómo reconciliarlos? Los europeos han optado por la receta de la igualdad de rentas, disfrazada con la túnica de la igualdad de oportunidades. Para alcanzar ese romántico igualitarismo, es necesario encontrar fallas técnicas y morales en la economía, y en las instituciones que promueven la libertad y el desarrollo. Ribas nos aclara que eso es un sinsentido; que por más europeo y prestigioso que les resulte a algunos, es un camino de fracasos y de pobreza, que América no debe seguir.
El riesgo político de la crisis económica europea
Por Armando P. Ribas
Introducción
A veces me critican por un exceso de citas en mis artículos. Es posible que así sea, pero debo decir que el objeto de mis citas es mostrar las ideas que transformaron al mundo, y que afortunadamente no hubo que esperar a mi llegada para que se conocieran y pusieran en práctica. Hoy mi preocupación reside en que aparentemente el racionalismo romántico moralista europeo, que produjo el totalitarismo, estaría cruzando el Atlántico y llegando al país al que le debemos la libertad en el mundo.
En otras palabras: podría decir que el mayor riesgo de la crisis financiera no es económico, sino ético y político, por más que se sufra económicamente el costo de la misma. Por supuesto, solamente los economistas (Casandras apocalípticos) pueden compararlo siquiera con la crisis de la década de los treinta. Y me van a permitir comenzar con una cita de Karl Popper, en su discusión con Bertrand Russell sobre la moral de nuestro tiempo, cuando dijo: “Nosotros somos buenos, tal vez demasiado buenos, pero también algo estúpidos, y es esa combinación de bondad y estupidez la que se encuentra en la raíz de nuestros problemas”.
Las recientes palabras del presidente Obama al respecto de la crisis muestran a las claras la preocupación de Popper. La propuesta de aumentar las regulaciones pone en evidencia el desconocimiento de la esencia de la naturaleza del sistema político que, bajo la equívoca denominación de capitalismo, logró la libertad y la generación de riqueza por primera vez en la historia. Así dijo Obama: “Pero un mercado libre no quiere decir un permiso para tomar todo lo que se puede tomar de cualquier manera... Algunos en Wall Street olvidaron que detrás de cada dólar en la bolsa o invertido hay una familia que intenta comprar una casa, pagar los estudios, abrir un comercio o ahorrar para un retiro...”.
Me gustaría poder entender el significado de las anteriores palabras del presidente Obama, pero es evidente que considera que la crisis fue causada por un comportamiento indebido de los capitalistas (Wall Street), en desmedro de las necesidades de los demás. Podría decir que detrás de esas palabras encontramos los presupuestos éticos de la teoría de la explotación y la alienación, usados por Marx para descalificar éticamente al capitalismo. Ignoraba, igual que Obama, que la mano invisible no se sustenta en la benevolencia de unos para satisfacer las necesidades de los otros, sino en el descubrimiento de los intereses comunes de las partes.
Al mismo tiempo, no puedo menos que resaltar el sublime hallazgo de Locke respecto a que los monarcas también son hombres. De esa observación, que implica el reconocimiento de la naturaleza falible del hombre, tal como asimismo la reconoce el evangelio, surgió el principio luminar de la libertad, que es la limitación del poder político. Seguidamente se reconocieron los derechos individuales a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la propia felicidad.
Debe reconocerse también que los derechos individuales no son los denominados derechos humanos. Si consideramos el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nos encontramos la antítesis del derecho a la búsqueda de la propia felicidad, que es la pretensión de que el individuo tiene el derecho a que el Gobierno (el Estado) se la provea. Es decir: se ha olvidado que los Gobiernos no están formados por ángeles y consecuentemente se ha aceptado la falacia de que la virtud reside en el Gobierno y la ambición en los capitalistas.
La crisis fue resultado de la política, tanto como cuando no hay crisis también es resultado de la política. Como dijo David Hume, los comportamientos dependen de las circunstancias y esas circunstancias son determinadas fundamentalmente por la política. Así, los comportamientos especulativos en el mercado inmobiliario se derivaron de la demagogia de Carter, expresada en la Community and Reinvestmente Act, conforme a la cual todo americano tenía el derecho a una casa propia. Así se crearon Fannie Mae y Freddy Mac, para facilitar ese propósito. Y, por supuesto, a ella contribuyó decisivamente la política monetaria del Federal Reserve. Por tanto, la crisis se produjo en el mercado inmobiliario y no en el mercado de capitales, como había ocurrido en la crisis de los treinta. Parecería, no obstante, de las palabras del presidente, e incluso de las amenazas a Wall Street, que se encuentra confundido respecto a las causas determinantes de la crisis en la actualidad.
Como bien señala Minsky, la racionalidad del mercado está condicionada por factores externos, tales como pueden serlo una guerra o cambios inesperados en la política. El mercado se comportó especulativamente, como era de esperarse, de conformidad con la política iniciada por Carter y continuada por los sucesivos Gobiernos. Es evidente que el mercado inmobiliario es proclive a la especulación pura: es decir, cuando se compran bienes no para usarlos, sino para revenderlos. Dado que la causa de la crisis fue la política del Gobierno, esta no se produjo por falta de regulaciones. Por tanto, el enfoque del presidente al respecto es intelectualmente ideológico y empíricamente incorrecto.
Debemos tener en cuenta asimismo que el crédito al consumo no crea burbujas, pues precisamente el consumo es la antítesis de la especulación. Valga la redundancia: cuando uno consume, es porque no especula, pues no piensa revender. Un exceso de endeudamiento para consumir, provocado por una política monetaria y crediticia expansiva, puede dar lugar a un proceso inflacionario. Y tanto más se acelera cuando la tasa de interés pasa a ser negativa, en términos reales; o sea, menor que la tasa de crecimiento de los precios.
Por otra parte, debemos tener en cuenta que toda la teoría económica –y en particular la teoría monetaria y la teoría cuantitativa del dinero– se desarrollaron cuando el sector público representaba una parte menor de la economía. O sea: el mercado era determinante de la evolución de los precios relativos, de conformidad con la expansión monetaria. Ese no es el caso en la actualidad, cuando el Estado, en su empeño de dar la felicidad al pueblo, expande el gasto público hasta niveles que superan el 40% del PIB. En Europa supera ya el 50% del PIB, en países como Francia, Alemania e Inglaterra. En ese caso, el supuesto mercado libre se encuentra decididamente distorsionado por el impacto del gasto del Gobierno. Como bien señala George Gilder, en su Riqueza y pobreza, el gasto del Gobierno no forma parte del producto, sino del costo de producir. Consecuentemente, el Gobierno es determinante de los precios relativos, afectando directamente los precios de los bienes no transables, que, como en el caso de los servicios, forman parte del costo de producción de los bienes transables.
Hace muchos años escribí al respecto que el Gobierno, como necesidad de la sociedad, tenía inicialmente una eficiencia marginal positiva. A partir de cierto nivel, esa eficiencia marginal se reducía, hasta llegar a ser negativa. No puede extrañar entonces que en la medida que el gasto público y las regulaciones directas en el mercado han aumentado, en esa misma medida se haya reducido la tasa de crecimiento de las economías industrializadas. Si alguna ventaja están teniendo, frente a la crisis actual, las economías en desarrollo, es que en general tienen un menor gasto público. El socialismo, derivado de la socialdemocracia, ha sido el causante de la crisis europea, y no, como pretende la señora Merkel, los ambiciosos banqueros americanos. Abriguemos la esperanza de que el presidente Obama no pretenda europeizar la política americana, pues las consecuencias están a la vista.
La crisis europea
La crisis europea, hoy supuestamente resultado de la crisis de la economía griega, ha puesto de manifiesto una vez más la validez universal de las palabras de Tocqueville, escritas en el siglo XIX, en El antiguo régimen y la revolución. Allí dijo: “Hasta tal punto son más fuertes los vicios del sistema que la virtud de los hombres que lo practican”. Y es evidente que la crisis europea es un producto del sistema, que a su vez, y al decir de Paul Johnson, ha creado una burocracia corrupta en Bruselas.
Pues bien: a mi juicio, la problemática del mundo hoy es que supuestamente existe una contradicción evidente entre la retórica que lleva al poder y el sistema que, por primera vez en la historia, permitió la creación de riqueza. El llanto por los pobres y la denominada justicia social son los hitos aparentes del acceso al poder, producto de la demagogia socialista.
Voy a repetir que hasta Marx y Engels se percataron de los resultados del sistema que permitió la generación de riqueza, al que denominaron capitalismo. Así, en el Manifiesto comunista dicen: “La burguesía, durante su predominio de escasamente cien años, ha creado más masivas y más colosales fuerzas productivas que todas las generaciones juntas que les precedieron”. Lamentablemente, la historia confundió la causalidad de ese proceso e ignoró que la economía es el resultado de la concepción ética y del sistema político que le es consecuente.
Debo insistir en que esta problemática está presente en el mundo, y de manera manifiesta en los países desarrollados de Europa. Es decir: no es un problema que afecta a América Latina por culpa de los Reyes Católicos y del curso de las carabelas de Colón. Si así fuera, no tendríamos esperanza, pues, como bien escribió Ortega y Gasset en su España invertebrada, “Es muy fácil, en efecto, dibujar una organización social esquemática que presente una faz atractiva”.
Pero no olvidemos que la Revolución francesa fue el origen del totalitarismo en el mundo, y también, en gran medida, la generadora del pensamiento político latinoamericano a partir de la independencia, de la cual estamos por cumplir el bicentenario. Como bien dijo Luis Alberto de Herrera: “Los sofismas glorificados de la Revolución francesa han contribuido a afirmar ese extravío fundamental de nuestro criterio, al que ya nos inclinaba el impulso imaginativo... La demagogia triunfante en 1789 nos enseñó el sofisma de la libertad, alejándonos de su ejercicio verdadero”. Pero la estupidez política no es propia de América Latina, tal como lo reconoció Carlos Rangel, en su obra Del buen salvaje al buen revolucionario, donde escribió: “Los mitos fundamentales de América no son en absoluto americanos; son mitos creados por la imaginación europea”.
Podemos decir que la validez histórica de las anteriores palabras se muestra en la confusión reinante respecto a la supuesta virtud política de la denominada Civilización Occidental. Esta confusión implica la ignorancia de un hecho fundamental. O sea: la antítesis entre la filosofía política francogermánica, generadora del totalitarismo, y la angloamericana, generadora de la libertad de donde surgió. Solo Argentina escapó, en nuestro continente al Sur del Río Grande, de esa trampa dialéctica entre la Edad Media –el oscurantismo de la fe– y el Iluminismo –el oscurantismo de la razón–. Así, en solo cuarenta años, pasó de ser uno de los países más pobres del mundo a ser el séptimo u octavo más rico, a principios del siglo XX. Este hecho aparentemente se sigue ignorando, precisamente en Argentina.
La esencia del cambio producido en la historia se debió a una concepción ética, tradicionalmente ignorada. Cuando hablo de ética no estoy hablando de moral, sino de la concepción de principios inherentes a la naturaleza humana. Fue en ese sentido que Locke reconoció primeramente que “los monarcas también son hombres”, y David Hume dijo: “La naturaleza humana es inmodificable, lo más que podemos hacer es cambiar las circunstancias…; si los hombres fueran generosos y la naturaleza pródiga, la mera noción de justicia sería inútil”. Ese cambio en la circunstancia fue la creación de un sistema político consciente de la falibilidad de la naturaleza humana. Fue así como se reconoció la necesidad de la limitación del poder político, pues, como dijo James Madison, los hombres no son gobernados por ángeles.
Así, siguiendo el pensamiento de John Locke, David Hume y Adam Smith, se creó el sistema político americano, conforme al cual se reconocieron los derechos individuales a la vida, la libertad, la propiedad y la búsqueda de la propia felicidad. Y voy a insistir en la trascendencia de este último, que implica por sí el reconocimiento ético de los intereses privados como no contrarios al interés general. Cuando se supone lo contrario, partiendo de una naturaleza humana modificable, se crea el Gobierno absoluto, que supuestamente estaría encargado de dar la felicidad a los ciudadanos.
Por ello voy a insistir en que el concepto de los derechos individuales es antitético del de los derechos humanos. Esta realidad ha sido reconocida recientemente por Glenn Beck, en su excelente y popular programa en Fox News. La trascendencia de esta diferencia fundamental es difícil de sobreestimar. Los derechos individuales implican el reconocimiento de la falibilidad de la naturaleza humana y a su vez reconocen la “eticidad” de los intereses particulares, en el derecho del hombre a la búsqueda de su propia felicidad. Por el contrario: los derechos humanos pretenden un hombre nuevo, despojado de intereses, y el derecho a que la sociedad y el Estado le provean la felicidad. El resultado es el poder absoluto y la ausencia de derechos, que determinan una mayor pobreza.
Igualmente, ante la crisis actual europea, que ha sido hoy interpretada como causada por Grecia y, para la izquierda, como un resultado del sistema capitalista, es necesario que se reconozca la falacia de esa proposición. La realidad, tal como la explica Guy Sorman en su reciente artículo “Cómo el socialismo destruye a Europa”, es que la crisis es el resultado del falaz estado de bienestar, que cada día produce más malestar. Por supuesto: ya Hugo Chávez, en recientes manifestaciones, pretende el supuesto fracaso del capitalismo, para justificar su socialismo del siglo XXI. Es preciso que el mundo entienda la falacia de esta apreciación y que se reconozca la virtud del Rule of Law sobre la razón de Estado. Nos encontramos ante una alternativa de hierro. Si, de conformidad con la confusión vigente entre la democracia y el socialismo, priva el derecho de las mayorías a violar los derechos de las minorías, desaparece la libertad y aparece la pobreza.
La excepcionalidad de Estados Unidos
La presidencia de Obama ha traído a colación el enfrentamiento ideológico, casi diría que por primera vez en la historia de Estados Unidos. Ya en el siglo XIX, Domingo Faustino Sarmiento había escrito: “Los americanos se han puesto de acuerdo en todo aquello que en el resto del mundo ha sido la causa de la opresión y de las revoluciones”. Podría decir que ya en aquella época Sarmiento se había percatado de la excepcionalidad de los Estados Unidos, que pareciera ser en los Estados Unidos hoy, como diría Ortega, “el tema de nuestro tiempo”.
Creo que, efectivamente, los Estados Unidos constituyen –y han constituido– una excepción en la historia. Así fue reconocido por Juan Bautista Alberdi, quien dijo: “Mi convicción es que sin Inglaterra y los Estados Unidos la libertad desaparecerá en este siglo”. Y no deberían existir dudas, en el sentido de que la libertad no desapareció en el siglo XX, gracias a los Estados Unidos, pues, si no, habríamos sido nazis o comunistas. La pregunta pertinente entonces es esta: ¿Cuál es o ha sido la causa de la excepcionalidad americana? La respuesta a esta pregunta es trascendental, pues, dependiendo de la misma, puede ser posible o no que otros países accedan a la libertad.
El análisis que al respecto hicieron Richard Lowry y Rammesh Ponnuru, en su ensayo An Exceptional Debate (Un debate excepcional), pretende dar una respuesta a esa pregunta. En él sostienen los autores que los conservadores lo que quieren conservar son los pilares de la excepcionalidad americana. Según tales autores, el excepcionalismo americano fue heredado de la libertad existente en Inglaterra, a diferencia de los otros países europeos. Igualmente sostienen que la sociedad inglesa tenía una clase más individualista que el resto de Europa, y que al mismo tiempo no fue problematizada por el ancient regime, o sea por el feudalismo. En otras palabras: el excepcionalismo llegó a América con los pilgrims.
Empecemos entonces por analizar la historia de Inglaterra, ya que se supone que de allí deviene la libertad en América. Me voy a referir a la historia de Inglaterra de David Hume, a quien los Estados Unidos le debe gran parte de los principios luminares de su libertad, y cuya enseñanza fue prohibida por Jefferson en la Universidad de Pensilvania. Allí, refiriéndose a la época de los Tudor, dice Hume: “En aquella época los ingleses estaban tan sometidos que, como los esclavos del Este, se inclinaban a admirar los actos de violencia y tiranía que se ejercían sobre ellos y a su propia costa”. Y sigue diciendo: “Si Inglaterra hubiera seguido como en la época de Isabel I, seríamos tan pobres como la Costa de Bavaria”. Después, refiriéndose al período de la Revolución de Cronwell, afirma: “Inglaterra no había conocido jamás un Gobierno más severo y más arbitrario que el que fue seguido por los patrones de la libertad”.
Si entonces hubiera existido en Inglaterra la libertad tal como sostienen los autores comentados, ¿cuál fue la razón por la que los pilgrims se escaparan en el May Flower?. Debe recordarse asimismo que en la Inglaterra de aquella época existía la Corte de la Cámara de las Estrellas, que dependía del poder político, y la Corte de la Alta Comisión, que cumplía la misma misión que el Santo Oficio contra los herejes. Entonces puedo decir que la libertad comenzó en Inglaterra en 1688, con la Glorious Revolution, que aparentemente nadie conoce ni recuerda. Es el momento en que fueron expulsados los Estuardo por segunda vez del trono inglés, y comenzó a aplicarse el liberalismo concebido por John Locke, por el cual se habrían de limitar las prerrogativas del rey (los monarcas también son hombres) y respetar los derechos individuales. Hasta esa época Locke tuvo que vivir fuera de Inglaterra y sus libros no podían ser publicados.
Pero, yendo entonces a la historia de los Estados Unidos, debo recordar el libro de Catherine Drinker Bowen The Miracle of Philadelphia. En él explica la autora las dificultades que tuvieron los Founding Fathers para que se aprobara la Constitución de 1787 y el Bill of Rights de 1791. Muestra al respecto que los estados no estaban de acuerdo en formar un Gobierno nacional y así cita a John Adams, cuando dijo que “había visto más dificultades en nuestros tiempos para gobernarnos a nosotros mismos que a todas las flotas y ejércitos de Europa”. Según Peter Butler, “los intereses de los Estados del Este y los del Sur eran tan diferentes como los de Rusia y Turquía”. Igualmente, James Madison se refirió a las legislaturas estaduales en términos que pareciera estuviera hablando de los países de América Latina. Pero veamos qué pensaba Alexander Hamilton de la situación que enfrentaban, tal como lo expresa en la Carta 15 de El federalista: “Podemos decir con propiedad que hemos alcanzado casi el último estado de la humillación nacional. Hay escasamente alguna cosa que pueda herir el orgullo o degradar el carácter de una nación independiente que nosotros no experimentamos”.
Debo aclarar que las anteriores consideraciones no pretenden quitar méritos a la realidad del excepcionalismo americano, sino resaltar precisamente la brillantez de los Founding Fathers para construir un país de libertad en ese medio. Y esos principios no se encuentran en el ámbito de la economía, sino de la ética y la política. También en ese sentido reconozco la influencia decisiva del pensamiento de David Hume en los Founding Fathers, de manera especial en Madison. Sorprende realmente la confusión americana entre liberalismo y socialismo, igual que la que implica la ignorancia del conservadurismo de los principios liberales que constituyeron la base filosófica de los pilares del excepcionalismo americano.
Es evidente que cuando Madison escribió la Carta 51 de El federalista estaba en gran medida teniendo en cuenta, y en algunos aspectos parafraseando, el pensamiento de Hume. Así dice Hume: “Si los hombres fueran generosos y la naturaleza pródiga, la justicia no tendría razón de ser, pues sería inútil”. Y Madison “Si los hombres fueran ángeles, no haría falta el Gobierno”. A continuación, siguiendo el pensamiento de Locke, que tampoco existía cuando escaparon los pilgrims, dice: “Y si fueran a ser gobernados por ángeles, tampoco se necesitaría ningún control sobre el Gobierno; el Gobierno es la mayor expresión de la falibilidad humana”. Y dice Hume: “La naturaleza humana es inmodificable; si queremos cambiar los comportamientos, debemos cambiar las circunstancias”. Ese cambio de las circunstancias es el sistema ético político, en el que, tal como expresó claramente Madison, las mayorías no tienen el derecho de violar los derechos de las minorías. En ese punto reside el reconocimiento de otro principio de David Hume, cuando sostiene que la estabilidad de la sociedad depende de “la seguridad en la posesión, la transferencia por consenso y el cumplimiento de las promesas”.
Pues bien: insisto, para terminar, en que el excepcionalismo americano no depende de su historia y de su cultura, sino de la ideología liberal (no socialista), reconocida por los Founding Fathers, que produjo el sistema ético político del Rule of Law [imperio de la ley] y determina los límites al poder político y el respeto por los derechos individuales, que no son los derechos humanos. Por supuesto, los Founding Fathers no eran conservadores, pues no estaban conservando, sino creando. Permítanme abrigar la esperanza de que el presidente Obama no ignore estos pilares y de que puedan ser aprendidos por nuestros países en América.
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